Por años le he dado vueltas a diferentes maneras de optimizar y mejorar mi uso del correo electrónico. He probado servicios como “Hey!” y similares que prometen una re-invención del email desde cero para ser más manejable, aplicaciones que buscan poner orden en el flujo de entrada, los servicios que los grandes proveedores (como Microsoft y Google) integran usando IA a sus casillas, reglas diseñadas por mí para automatizar las cadenas y hasta casillas diferentes en paralelo.

Y la verdad es que mi email sigue siendo un desastre lleno de spam, cadenas, formatos dispares, imposible de priorizar de forma eficiente y un dolor de cabeza en general.

Fue en ese momento cuando observé con mi familia y sus amigos la manera en que las nuevas generaciones (15 años para abajo) usan en email: ¡No lo hacen!

No lo visitan nunca, solo si es que llega alguna documentación formal inevitable del colegio o similares, pero su uso es tan esporádico que ni recuerdan la forma de acceder a él muchas veces y definitivamente no lo usan para comunicarse con nadie y menos entre ellos. Todo se maneja a través de apps de conversación. Para ellos el email es tan poco útil como para mí lo es un fax. Y creo que esa es la solución, la muerte lenta. O al menos ser relegado al mismo status que el buzón de correo en la puerta del edificio.

El email lamentablemente está roto, no por diseño, sino por abuso… y es momento de dejarlo atrás.